miércoles, 4 de septiembre de 2013

Relato: Imperdibles Para No Perder Nada

Las estrellas cayeron a medida que te alejabas por la gran avenida del centro de la ciudad, nunca supe la razón de tu inquietante manía de no responder a mis preguntas, pero esa vez fue la última ocasión que tuve de escuchar tus excusas.

El camino hacia el pequeño apartamento que compartía con dos chicas más estaba a una hora de distancia andando y no me quedaba dinero para coger el autobús y mucho menos un taxi, así que tuve que hacer de tripas corazón y adentrarme en la oscuridad del camino de baldosas amarillas que esta vez no brillaban... 

A medida que llegaba a mi destino parecía que estaba reculando a tramos, eran las 5 de la madrugada y recuerdo la supernova en mis adentros a las 2... ¿Tanto polvo en movimiento dentro de mí intentando recomponerse estaba haciendo que me demorara? Era probable.


Al llegar a mi habitación me di cuenta de que tus discos estaban al lado de mi reproductor de vinilos, estropeado mucho antes de intentar usarlo... Lo nuestro era comparable a la situación de la mágica caja de los sonidos junto a las historias jamás escuchadas; algo no funcionaba pero seguíamos coleccionando ilusiones aunque jamás nadie pudiera hacerlas realidad, ni siquiera nosotros. No había tirado mis vinilos, de hecho había seguido comprando más aunque jamás pudiera escucharlos. No iba a hacer lo mismo con los fragmentos de nuestra historia.

El cigarrillo que había empezado a fumar cayó sobre mi falda tejana dejando una mancha oscura que nunca se iría. Recordé que dejaste un puñado de imperdibles en mi escritorio el día que me pusiste uno en el agujero dónde solía ir uno de mis pendientes. -Le pongo imperdibles a todo aquello que no quiero perder -dijiste muy serio ese día. 
Con diez imperdibles hice un corazón enmarcando esa quemadura de mi falda sabiendo que era algo absurdo, pero sabía que hubieras hecho algo parecido por tal de que no la tirara... Mientras que el corazón cobraba forma no pude evitar llorar, tu corazón estaba en mi falda; redondeado, afilado si tocabas dónde no habías de tocar, ortopédico, pero un corazón de hierro firme en un mundo azul con una imperfección en su interior. Yo era esa mancha negra.

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